lunes, 18 de septiembre de 2017

Hermanos sin tabú cap 7 y 8

Mamá nos metió una buena regañada cuando le tuvimos qué confesar porque Estefy no podía sentarse correctamente. Resultaba que, al ser el primer anal de mi hermanita (yo era experta en eso) el culo le ardía un poco y hasta caminar se le hacía difícil. Yo me reía, claro porque me causaba gracia, aunque a mi pequeña hermana no le era muy grato. Sólo le quedaba el bonito recuerdo de las dos pollas taladrándole el anito y la boca.

—Ni hablar —dijo mi madre —, tendré que ponerte una crema para aliviar tu malestar. Anda. Quítate la ropa. 
Estefy, malhumorada como siempre, se bajó los shorts y se recostó en la cama. Yo me quedé con ella, acariciándole la espalda para consolarla y mirando su culito respingón. Sus nalguitas blancas eran preciosas y el sólo recordar que una buena verga se había hundido entre ellas bastaba como para ponerme un poquito caliente. 

Mamá regresó con una crema analgésica. 
—A ver, ponte en cuatro. 
—¿De a perrita? 
—Sí, de a perrita —repitió mi madre con los ojos en blanco. 
Estefy se acomodó. Yo le ayudé a mamá abriéndole las nalgas a mi hermana. Su anito estaba un poco rojo y seguía un poquito dilatado. Con razón le incomodaba tanto. Mi mamá, suspirando con resignación, deslizó sus dedos por el culo de mi hermana, rodeando toda la orilla de su tierno agujerito. Era increíble ver a mamá en acción porque se mantenía muy concentrada, como si Estefy fuera una niña de diez años y le estuviera curando un raspón en la rodilla. 

—¿Era grande esa polla? 
—Sí —contesté —, enorme. Ella insistió en que la penetraran. 
—Pues muy mal, idiotas —replicó mamá —, pudiste sufrir un desgarro anal, Estefy. 
—Lo siento —se lamentó mi hermanita dulce. 
—Está bien que inicies tu vida sexual, pero tienes que ser más consciente. 
En ese momento Alec entró a la habitación y lo primero que vio antes de retroceder fue a nuestra mamá con el dedo en el trasero de nuestra hermanita. 
—¡Vete de aquí! —le gritó ella, y Alec, sonriendo avergonzado, se fue. 
—Con eso tienes, hija. Ahora quédate aquí y descansa. Y tú, Andrea, más te vale que cuides más de esta niña. 
—Sí, mamá. Lo haré —esperé a que mi madre se fuera, y entonces le di una fuerte nalgada a Estefy —¡Tonta! Por tu culpa me regañaron. 
—¡Oye! Pero tú también disfrutaste de verme. ¿Crees que no te vi la cara? Te estabas mojando con ver cómo me rompían el culo. 

Se subió los shorts y se sentó con las piernas cruzadas. Ahora que se sentía mejor, esbozó una sonrisa al recordar su primer anal en la playa. Con la carita soñadora y risueña me preguntó si volveríamos a encontrarnos con esos sujetos, a lo que yo le dije que no, porque para empezar ni sabíamos quiénes eran ni si iban a contarle a alguien más la experiencia. No obstante Estefy se moría por volver a probar lo que se sentía tener una verga por el culo. 
—¿Tú lo haces mucho, Andrea? 
—Sí. Sigo siendo virgen pero eso no impide disfrutar del sexo —recordé a papá, y lo vergota que tenía. Un escalofrío me recorrió. Esa sin duda mataría a Estefy —Ahora tienes qué descansar. Iré fuera a tomar aire. 
—Voy contigo —insistió y caminando chistoso, fue conmigo hasta el jardín. 
Soplaba una brisa marina deliciosa y hacía mucho sol. Me quité la camisa y los pantalones para quedarme con mi bikini y me fui a buscar una silla playera para recostarme. Estefy se acomodó a mi lado y se quitó el brasier para que el sol le quemara las tetitas. 
—¡Alec! —hablé a mi hermano que jugaba con Ángela y Lorena en la playa —¡Trae el bloqueador aquí! 

Vino enseguida y al verlo, casi me mojé. No llevaba camisa, sólo un bañador que le resaltaba el tremendo bulto que tenía en la entrepierna. Me sonrojé un poco por tener pensamientos con mi hermano, aunque Estefy, que siempre estaba hambrienta de sexo, tomó a Alec de la mano y lo atrajo hacia ella. 
—Ponme bloqueador ¿sí hermanito? 
—Bueno, pero date vuelta. 
Puse los ojos en blanco. Estefy estaba experimentando el deseo sexual más fuerte de su vida, sobre todo porque estábamos en la playa y era natural que todos estuviéramos casi sin ropa. Ella se colocó boca abajo y mi hermano no perdió tiempo de ponerle el bloqueador por toda la espalda, deslizando esas fuertes manos por la piel clara de nuestra hermana. 
—No olvides el culo —le sugerí, y él, sonriendo, le bajó los shorts a Estefy. Como la muy pervertida no llevaba ropa interior, sus nalgas redonditas quedaron expuestas a mi hermano, que de inmediato se sintió un poco cohibido. 

No obstante frotó el trasero de su hermana menor con muchas ganas, tantas que incluso ya no parecía un masaje, sino algo más. Dejó que sus manos se perdiera entre esas nalgas. Estefy quedó rojita y yo le tuve mucha envidia en ese momento porque ansiaba sentir a mi hermano. Entonces me quité el sujetador y me di media vuelta. 

—Me toca a mí, Alec. 
—Voy enseguida —dejó a Estefy y se concentró en ponerme el bloqueador a mí. Yo me relajé y justo estaba abriéndome las nalgas como a mi hermanita, cuando mamá salió. 
—¿Qué estás haciendo? —preguntó a mi hermano. Él se puso colorado y se paró. Claro que su polla estaba erecta y se le dejaba ver. 
—Esto… mamá… 
—Ustedes están incorregibles —dijo negando con la cabeza y en actitud cansada —. Hagan lo que quieran, ya me da igual. 
Pero Alec ya no quiso seguir. Avergonzado, mi pobre hermano mayor entró a la casa, seguramente a masturbarse como un simio en celo. Mamá se rió cuando él se fue, y de un movimiento veloz se quitó el sostén del bikini. Sus hermosas tetas copa C quedaron al aire, respingonas pese a su edad, y se recostó en la otra silla que estaba a mi lado. 
—Ustedes se quieren coger a Alec ¿verdad? —nos miró con un poco de picardía —. Bueno, no se los voy a impedir. Merecen probar el incesto. 

—¿Incestabas, mamá? —preguntó Estefy visiblemente interesada. 
—Con su tío, o sea mi hermano. Tenía quince años y mis hormonas estaban como locas. Dejamos de hacerlo cuando conocí a tu padre, pero fueron los mejores años de mi vida. Hacerlo con el hermano es… muy interesante. 
Eso sí que nos había sorprendido, y de repente no me pareció raro porqué mi madre era tan abierta al sexo con nosotras. Me planteé en la posibilidad de decirle que mi padre y yo teníamos un rollo, pero no me atreví. 
—¿Cómo sientes el culo, Estefy? 
—Mejor. Ya me puedo sentar. 
—No sabes cómo hacer sexo anal. No te la pueden meter entera al inicio. Tienen que dilatarte, y no anden acostándose con cualquiera. No saben si están enfermos o no. Por otro lado… —nos sonrió con ternura —, creo que ya es hora de enseñarles algunas cosas sobre el sexo. 
Me sonrojé un poco por la mirada que mi madre nos echó. Estefy, sin embargo, se veía muy interesada en aprender las lecciones de mamá. Cuando mi padre llegó y nos vio a todas en la playa con las tetas al aire actuó con total naturalidad y le dio un flamante beso en la boca a mamá. Ella, sonriendo, le agarró la polla por encima del bañador y se la sacudió. 

—Ésta es una buena polla. 
—No frente a las niñas —dijo él, y algo apenado, se alejó de regreso a la casa. 
Mamá se rió. 
—Su papá a veces es un poco tímido, pero no se preocupen. Cuando tiene que actuar, actúa. 
Y nosotras bien que lo sabíamos. 
La carga sexual en esa casa estaba muy fuerte. Mientras cenábamos salchichas, Estefy no dejaba de comerlas como si estuviera mamando una verga. Se las metía enteritas a la boca y les pasaba la lengua por todo lo largo. Yo me reía en silencio. Mamá tosía de vez en cuando y papá, sentado a mi lado, no perdía tiempo de acariciarme las piernas por debajo de la mesa. Lorena y Ángela se daban tiernos besitos y se alimentaban la una a la otra. 

—Deja de jugar con la comida —dijo mamá, riendo al ver a su hija menor meterse toda una salchicha a la boca. 
—Creo que alguien quiere comerse otra cosa… —canturreó mi gemela Ángela. 
Alec se rió. 
—Pues a mí se me antoja comerme una empanada. 
Todos nos reímos, especialmente Lorena. 
—Yo me como una empanada todas las noches —dijo mirando a mi hermana, y ella le dio un tierno besito en la boca. 
A mis padres les alegraba ver a mi hermana tan feliz, y también les ponía algo calientes porque en más de una ocasión bromeaban sobre que su hija era una buena come conchas, cosa que a mí me daba risa. Estefy se rió un poco y empezó a tentarnos con la salchicha, dándose con ella golpecitos en la lengua. 
—Si tanta hambre tienes —dijo Alec —, aquí tengo una bien grande para ti. 
—Ya quisieras —mencionó ella. 
—Muéstrala —sugirió mamá. Todos nos quedamos callados, hasta mi papá. Ella sonrió con coquetería —, vamos si en nuestra familia nada es tabú. 
—Esto… ¿papá? 
—-Hazlo —rió nuestro padre, al que la situación le estaba gustando. 
Alec, colorado otra vez, aceptó y se puso de pie para que todos le veamos. Entonces, de un rápido movimiento, se bajó los pantalones. Su polla estaba algo flácida pero grande. Sus huevos colgaban como dos pesados sacos. Incluso Lorena, que era lesbiana, no despegó la vista de ese paquete. Ni yo, que me lo quería comer. 
—Adelante, Estefy —dijo mamá con voz tranquila. 

La pequeña pervertida tiñó sus cachetes de rojo y nos miró a todos. Papá me sobaba la pierna esta vez muy cerca de mi triangulito. Nadie nos miraba. Lorena abrazó a Ángela. 
—Estamos esperando —mamá estaba imparable. 
Poco a poco la verga de Alec cobró tamaño, excitado por la situación. Estefy se vio atrapada y para hacer valer su nombre, se salió de la silla, se puso a cuclillas frente a Alec, nos miró a todos, nerviosa. Respiró profundamente, abrió su tierna boquita y se metió la polla de su hermano. Lorena se pasó la lengua por los labios. Yo sudaba del calor que estaba haciendo. Mamá miraba con una feliz sonrisa a su nenita consentida pegándole tremenda mamada a su otro hijo. Estefy tenía sus ojitos cerrados y su carita seguía colorada, pero mamaba feliz, con más fuerza y velocidad mientras que Alec sólo se dejaba querer. 

En un momento papá llegó a mi vagina y deslizó un dedito en mi coño por debajo de la ropa. Mamá no perdía detalle de lo que pasaba con sus hijos, y luego levantándose, se arrodilló junto a Estefy. Cuando la chica sacó el pene de su boca, nuestra madre se apresuró a tomarlo con sus labios. Le dio tiernos besitos y recorrió la base hasta el glande con la lengua. Yo gemí cuando sentí el dedo de papá tocar mi himen, porque yo era virgen, así que separé un poco las piernas. 
Madre continuaba chupando la monumental verga de mi hermano, y esta vez con más velocidad mientras lo masturbaba. 

—Mama los huevos —dijo papá a su hijita. La chica muy obediente, buscó un lugar y deslizó toda la lengua por los testículos de Alec. 
Yo ya estaba muy mojada, demasiado que papá sacó sus dedos de mí y me mostró la humedad que tenía. 
—Querido —dijo mamá —, puedo ver qué haces desde aquí. Deja a nuestra hija en paz. 
—Ah… lo siento. 
—Ven aquí, Andrea —me guiñó un ojo y yo en un dos por tres me levanté. 
Aquello se estaba saliendo de control. Papá se acomodó en la silla y sin tabú alguno se sacó la verga y comenzó a masturbarse. Al ver que todos estábamos desenfadados, mi hermana y Lorena empezaron a besarse con más intensidad. Yo estaba arrodillada, esperando a que me tocara el turno. Mamá se separó y se limpió la saliva que le escurría de la boca. Luego rió seductoramente y me empujó la cabeza para que tomara el pene de Alec con mis labios. 
Al fin, al fin le podía comer la verga a mi querido hermano, y cuando sentí cómo ese falo de carne ardía dentro de mi garganta, me encendí tanto que mamé con orgullo y amor, como si pudiera estar haciéndolo toda la noche. Su verga me llenaba entera la boca y me obligaba a separar la quijada. Me movía de adelante para atrás como una niña disfrutando de su dulce. No era la primera vez que veía el pene de mi hermano, pero lo había deseado desde siempre porque me producía gran placer tenerlo sólo para mí. 

—Por el culo ¿sí? —dijo Estefy —¿mamá, puede? 
—Si, amor. Anda, Andrea. Dale chance a tu hermana. 
A duras penas me separé. La hermosa Estefy se bajó los shortcitos y se puso a cuatro como una perrita en celo. Mi papá no dejaba de masturbarse. Sus huevos colgaban felices en su bolsa. Lorena le comía el cuello a mi gemela, pues estaban más metidas en su rollo lésbico que en el mío. 
Alec se arrodilló hasta que su dura verga señaló la entrada de mi hermanita. Mamá le abrió las nalgas y escupió un poco en el anito rosado de ella. Antes de que la penetraran, nos dijo que sería importante primero usar los dedos para dilatar. Así, lentamente metió el anular en el huequito de su hija mientras que con cariño le acariciaba la cabeza con la otra mano. Estefy carraspeó y cerró los ojos. 

—Está muy apretado. Con razón le lastimó —observó mamá, concentrada en su labor. Ella no mostraba mucha cara de excitación. Más bien era como una profesora guiando un experimento. Después metió otro dedo y lo sacó rápido. Volvió a introducirlo lento y otra vez lo sacó rápido. 
—Mamita… —gimió Estefy. 
—¿Si, amor? 
—Me gusta. 
—Lo sé, cariño. Te gusta tener mis dedos en tu culo. Ah, mi hermosa bebé —casi creímos que mamá lloraría de amor maternal. 
Papá por otro lado se la estaba cascando como un simio en celo, y me llamaba con la mirada. 
—Ve… —dijo mamá mirándome con algo de coquetería —, yo me encargo. 
Gateé lentamente hasta papá. Él se quitó los pantalones y yo, como niña buena, empecé a tantear sus huevos con mi lengua. Eso arrancó un suspiro y más cuando la verga me entró a la boca. No era la primera vez que mamaba su polla pero traté de que así pareciera. 
—¡Auch! —gritó Estefy y la miré. 

Ahora mamá la estaba perforando el ano con tres dedos suyos, pequeños pero la pobre estaba en que se reía o disfrutaba. Para que la erección de Alec no se fuera, madre le chupaba la verga al tiempo que dedeaba a mi hermanita menor. Dejé de mamar un rato. Incluso Ángela y Lorena se detuvieron para ver cómo mamá acercaba el pene de su hijo al culo de su niña consentida. El anito de Estefy ya estaba dilatado, hermoso y profundo. La polla de Alec entró con algo de fricción. Mamá escupió un poco y dirigió la penetración. 
Mi hermanita soltó una lágrima cuando poco a poco ese falo de carne se empezó a internar en su culito rosado. Se mordió los labios y tensó la espalda. 

—Que entre toda —dijo mamá, cuidando que Estefy no se levantara. —Lorena, ayúdame. 
—Voy —dijo la novia de mi gemela y le ayudó a mantener las grandes nalgas de Estefy abiertas. 
—Duele…que la saque. 
—Dolerá más si la saca ahora. Despacio, Alec. Tranquila hija. 
—Me aprieta mucho —mencionó mi hermano. 
—Creo que ya sé que hacer —dijo mi papá y se fue con ellas. Puso su verga a la altura de la cara de Estefy y se la metió en su tierna boquita de labios rosados. 
Cuando la pequeña pervertida vio que su papá le ofrecía polla, empezó a mamar sin descaro y muy rápido para olvidarse del dolor que sentía por atrás. Ahora el pene de Alec estaba completamente enterito en el recto de mi adorada hermanita. 
—Sácalo despacio —ordenó mamá. 
Alec procedió a hacerlo, y cuando su verga se deslizaba hacia afuera, Estefy soltó a papá y gimió de gozo. 
—¡Qué rico! 
Mamá rió. 

—Lo mejor del sexo anal no es cuando el pene entra, sino cuando sale. 
Alec removió toda la polla, y luego la volvió a meter. Estefy gritó de dolor, y gimió de placer cuando la sacó. 
—Así, ahora con más rapidez. 
Alec obedeció y metió y sacó su pene con más velocidad. Se tuvo que apoyar de la espalda de mi hermanita para mantener el equilibrio. Estefy ya no podía mamar a papá porque lo soltaba al tener que gritar y gemir al mismo tiempo. 
Ángela sacó su móvil y tomaba fotos por todos lados y ángulos. Yo sólo miraba y me masturbaba a la vez. Escuchando los gemidos de mi adorada y amada hermana menor, como la follaba Alec. Mamá sonreía tranquilamente. Papá tenía los ojos cerrados y golpeaba con su glande la cara de su hijita. 

En un momento él eyaculó y le embarró toda la cara de lechita caliente. Ángela, llevada por la lujuria, se dedicó a lamerle los cachetes y los labios a nuestra hermana para limpiarle el semen. Alec a los pocos minutos se corrió. 
—Está bien. Puedes llenarle el culo de semen —dijo mamá, y él así lo hizo. Estefy rió. 
— Se siente calientito mamá. Ahhh, que ricoooo. 
—Y no te puedes embarazar. Ya, hijo. Saca tu pene. 
Alec lo hizo. Goteaba de semen. 
—Ahora, amor, Estefy, tienes que pujar para sacar la lechita de tu hermano. 
—Sí —dijo la pequeña princesita y el semen salió a chorros de su culito, goteando en el piso. Después se dejó caer al piso, exhausta por la tremenda follada que habíamos hecho en familia. 
Mamá rió y le dio un cálido beso en los labios a ella, y besó tiernamente las vergas de papá y de mi hermano. 
—Bueno, hasta aquí llegamos. Piensen en lo que ha pasado y mañana me dicen sus conclusiones. La clase de sexo anal se acabó. 


Capítulo 8



Como era lógico, después de aquella noche todos estuvimos tensos, incómodos, sin saber qué hacer o decir para relajar la tensión sexual que reinaba en la casa. Por la mañana no desayunamos en familia, sino que cada quien fue al comedor, agarró su plato y se fue a comer a otro sitio, todo con tal de no tener que mirarnos a la cara por la vergüenza. Tampoco era como si no lo hubiéramos disfrutado y nos arrepintiéramos, por lo menos Estefy que parecía encantada con la follada de su hermano, y mientras esa mañana yo estaba en mi habitación intentando leer un libro, no me podía concentrar pos los gemiditos de mi hermanita, que estaba en la cama a mi lado masturbándose analmente con un perfume pequeño que había pillado por allí.
Como ella era una vouyerista que le encantaba mirar y que la miraran, disfrutaba con que su hermana estuviera a su lado aunque no le prestara la debida atención. La miré de reojo y vi que estaba desnuda, con sus pequeñas tetitas de pezones rosados erectos por la excitación, las mejillas rojas y las piernas bien abiertas mientras metía y sacaba la botella de perfume de su culo.
—¿Me puedes dejar leer, cabrona? —le pregunté tirándole una almohada —, no me concentro con tus “ay, ay”.
—Pues puedes irte a otro cuarto.
—Mejor vete tú —exclamé y quité la vista de ella.
Un tiempo después cuando alcanzó su tercer o cuarto orgasmo, Estefy se acostó conmigo a descansar.
—¡Uf! Eso fue riquísimo. Oye ¿qué crees que suceda ahora? Mamá y papá están muy callados, y Ángela y su novia no han salido de la habitación. Alec se fue a caminar por la playa. ¿no sientes que nos estamos distanciando?
—Por favor, ¿piensas que lo que pasó ayer fue algo así de simple? Cogimos. O más bien, Alec te cogió.
—Celosa —apuntó con una coqueta sonrisa.
—Ese no es el punto. Imagina cómo se sentirá mamá de haber propiciado esa escena. Debe de estar muerta de vergüenza, y también papá. Es lógico que tenemos que hablarlo entre todos.
—¿Quieres que se repita?
No tenía caso mentirle ¿verdad? Me daba mucho morbo que todos cogiéramos en familia. El incesto era una práctica… prohibida y tabú. Maravillosa por supuesto y había leído por allí que ayudaba a fortalecer las relaciones entre los miembros.
—Quizá sí, pero por lo pronto nosotros podemos hacer lo que queramos.
—¿Quién nosotros?
—Alec, tú, yo. Incluso Ángela. Somos hermanos. Los niños de la casa por así decirlo. ¿Recuerdas cuando hacíamos travesuras los cuatro?
—¡Sí! Era divertido. Aunque siempre me echaban la culpa a mí —Estefy se rió encantadoramente y luego se subió a horcajadas sobre mí —¡entonces nosotras podemos seguir con nuestro rollo?
—Sí, pero si me dejas leer primero.
—No seas nerd —exclamó y me arrebató el libro. Acto seguido colocó sus labios justo encima de los míos y sin esperar que abriera mi boca, metió su lengua entre mis dientes.
De todas las personas que me habían besado, Estefy era la mejor. Su dulce lenguita azucarada se entrelazaba con la mía e intercambiábamos besos llenos de saliva y chasquidos. Yo la abracé por la cintura, y bajé hasta sus relucientes nalgas para pellizcarlas. También deslicé mi dedo por su rajita que estaba muy lubricada. Esto era algo genético, pues tanto ella, yo, Ángela y mamá éramos como una fuente cuando nos excitábamos. Incluso yo empecé a mojarme cuando mi hermanita me mordió los labios y bajó por mi cuello. Hundí mis dedos en su vaginita tan lisa como la de un bebé y toqué su himen. Qué bueno que ella todavía era virgen, al igual que yo, que solo practicaba sexo anal.
Dadas las circunstancias en las que estaba pasando mi familia me llegué a preguntar si no sería durante estas vacaciones que yo perdiera la virginidad. De ser así, me encantaría que fuera gracias a mi hermano, porque después de haber visto como manejaba su polla dentro del culito de nuestra hermana, yo también la quería.
Dedeé a Estefy con fuerza, pero teniendo cuidado de no desvirgar a mi propia niña adorada. Ella me besaba con dulzura, gemía a mis oídos y me lamía el cuello dejando una marca de saliva. Las dos estábamos disfrutando de lo hermoso del sexo lésbico entre hermanas cuando la puerta se abrió. Estefy ni se molestó en quitarse y se quedó a horcajadas sobre mí cuando mamá entró y se quedó paralizada al vernos. Sin embargo entró y cerró la puerta con llave.
—Niñas… pónganle seguro a su puerta cuando vayan a tener sexo.
—Lo sentimos, mamá —se disculpó Estefy y se acostó a mi lado con las piernitas abiertas. Mamá le miró la conchita y sonrió.
—Eres tan linda, Estefy.
—¿Papá se fue?
—Salió un momento —se recostó en la cama de Estefy y respiró profundamente —anoche nos salimos de control ¿verdad?
—Pero fue maravilloso —dijo mi coqueta hermana —. Andrea y yo queremos que se repita.
—¿En serio?
Las dos asentimos.
—Bueno… el incesto es una práctica no muy bien vista, así que siempre se ha llevado en la clandestinidad. Por otro lado sería hipócrita de mi parte decir que no me gustó. A decir verdad, yo ya he tenido experiencia con el incesto. Mi primo Ángel y yo nos tocábamos cuando éramos más jóvenes y desde allí derivó mi gusto por esto. Su padre también incestaba por si quieren saberlo.
—¡¿Con quién?! —exclamamos las dos.
—Con su hermana mayor, Alma. Ella le inició en el incesto. Se supone que él se los debería de contar y no yo, así que si lo menciona muestren sorpresa.
—Nuestra familia está llena de incestuosos —caviló Estefy —, es normal entonces.
—Creo que sí.
Mamá se veía algo desanimada, o más bien, pensativa.
—Siempre imaginamos que nuestros hijos podrían interesarse por esa práctica, por eso desde niños les hemos criado sin tabues y anoche al fin se dieron las cosas. Ahora me siento un poco… culpable, creo.
—A mí me gustó —dijo Estefy con naturalidad —, no le veo el problema. Alec es mi hermano y le quiero un montón. Lo mismo con Andrea y Ángela.
—Sí, sí. Es sólo que es un gran paso como familia ¿no lo creen? Nos puede unir o nos puede separar.
—Yo creo que nos unirá —opiné y mamá me devolvió una sonrisa.
—Bueno, las dejaré pensando en eso. Estoy contenta de que quieran volver a intentarlo. Iré a hablar con su hermana Ángela, que parece ser la más incómoda con la situación. Continúen.
Nada más mamá irse, Estefy se puso de pie encima del colchón y me miró con una sonrisa malvada.
—¿Qué vas…?
Y sin poder detenerla, que sienta su trasero justo encima de mi cara ofreciéndome su hermosa vaginita a mi boca; sus juguitos caían en forma de minúsculas gotitas. Sonreí y respirando profundamente, separé sus delicados labios y lamí todo lo que mi hermanita me brindaba.

Más tarde, Papá, mamá, Ángela y yo salimos a dar una caminata por la playa. Dejar a Alec y a Estefy para que hicieran de todo fue una idea peligrosa de la que todos estábamos conscientes, aunque como ya habíamos aceptado realizar las prácticas incestuosas, era inevitable que cogiéramos entre nosotros. En estos momentos los dos deberían de estar dándole duro contra el muro. Lorena, novia de mi hermana, se había quedado por flojera, aunque yo realmente pienso que tenía curiosidad por el sexo con un hombre, aunque eso era algo que nunca le confesaría a mi hermana gemela.
—¿A dónde vamos exactamente? —preguntó mi hermana a papá que estaba conduciendo.
—Quiero ir a visitar a un amigo que vive cerca de aquí.
—Pero parece que se aproxima una tormenta. Deberíamos volver.
—Tranquila, hija —dijo mamá y nos miró desde el retrovisor —. No hay reporte del clima con lluvias hoy. Quizá mañana.
Pero fue un grave error pensar así. Como nadie controla el clima, un poco más tarde una fuerte tormenta golpeó la costa. Los vientos eran feroces y las palmeras se mecían peligrosamente sobre sus troncos. Las olas eran muy salvajes y chocaban con fuerza contra la arena. Nosotros estábamos refugiados en el coche, dentro del cual hacía calor. Como no veíamos nada por la lluvia, papá no podía arriesgarse a conducir.
—¿Qué decías de la lluvia, mamá?
—Ups, me equivoqué tantito.
—Yo tengo calor, estoy asándome.
—Quítate la ropa —sugirió papá y me guiñó el ojo.
—Está bien —dije feliz y me deshice del bra del bikini y de los shorts. No llevaba nada más debajo, así que quedé desnuda de inmediato. La mirada que Ángela le puso a mi conchita fue espectacular. Ella era lesbiana así que las vaginas le encantaban. Se sonrojó y disimuló mirando por la ventana.
Al poco rato mamá también se quitó la ropa y lo mismo con papá. Lo bueno es que las ventanas estaban polarizadas y nadie nos podía ver.
—Encenderé el aire acondicionado un rato, pero ojalá no me quede sin batería.
Con el frío y nosotros desnudos estar atrapados se hizo más cómodo. La única que seguía vestida era Ángela, aunque sólo llevaba una camisa y una minifalda suavecita. Tenía sus piernas fuertemente cruzadas y se distraía mirando por el vidrio.
—Esa cosa se te está poniendo dura —oí que decía mamá a papá.
Eso le llamó la atención a mi hermana, que discretamente miró. Yo también y vimos a papá tocándose suavemente la polla, masturbándose despacio como si la tarea le resultara aburrida. Mamá tenía las piernas abiertas para que el aire acondicionado le enfriara el coño. Yo me moría de ganas por probar un pene y distraerme un rato.
—Es que no hay mucho que hacer.
—¿Y si les mostramos a las chicas como hacer una buena mamada? —sugirió mamá.
—A mí no me interesan las pollas —dijo Ángela y se recluyó en su asiento.
Madre me miró con una sonrisa y se acomodó para meterse el miembro de su esposo a la boca. ¡Le entró todo! Y dada la posición en la que estaba, fue toda una proeza. No sabía que ella podía hacer gargantas profundas. Yo me quedé pegada a esa imagen de mi hermosa madre mamando un pene igual de poderoso y prominente, cuyas venas resaltaban por al sangre acumulada.
—Ángela, tienes que ver esto —dije maravillada y le piqué el hombro.
Mi gemela a penas miró a mamá comiendo el pene y puso cara de asquito.
—Es que no me excita.
—¿Y yo?
—¿Tú qué?
Sonreí coqueta y me abrí de piernas para ella. Ángela se ruborizó de inmediato cuando me vio el coñito. Vi que se aguantaba las risas y desviaba la mirada.
—Bueno, eso está mejor —mencionó.
—Pues cómete a tu hermana —le sugirió mamá.
—¡Ay! Como joden. No le comeré el coño a Andrea. Somos gemelas. Sería como hacerme sexo oral a mí misma.
—Ángelaaa… —le llamé mientras me abría los labios vaginales con los dedos. Mi hermana se empezó a poner nerviosa, muy colorada e hizo como que no le atraía el espectáculo.
A mí se me estaba haciendo muy divertido joderla, por lo que empecé a masturbarme. Papá reclinó su silla y mamá subió sobre él para cabalgar sobre su verga. Ver cómo se le hundía en el coño incluso llamó la atención de Ángela, que descruzó las piernas y de repente ya estaba mirando sin pudor a mamá, que brincaba rápidamente y sus tetas bailaban al ritmo de sus cogidas.
—Anda, puedes tocarte un poco —le dijo mamá con mucho cariño.
La pobre chica torció los labios, y tímidamente, separó sus muslos y metió una mano por entre su falda. Yo me seguía masturbando como una loca. Deseaba meterme los dedos y desvirgarme a mí misma.
Pasaron como cinco minutos. Ángela seguía sin despegar la mirada de nuestros padres cogiendo. Ahora ella se masturbaba con más velocidad. De un momento a otro se sacó la falda y yo le ayudé a quitarle el resto de la ropa hasta dejarla totalmente desnuda.
—Hija, esto es algo que tienes que probar —le aconsejó papá.
Ángela me miró con cara de que no quería hacerlo, pero la conocía. Estaba muy excitada y demasiado mojada.
—Anda —le dije y para atraerla le coloqué mis dedos cubiertos de flujo en los labios. Ella los probó con timidez, y le encantó ese sabor.
—Bueno… sólo un poco ¿sí?
—Sí.
Dado que la camioneta era grande, Ángela se acomodó con la cara entre mis piernas. Me separé los labios vaginales y la dejé hacerme lo que quisiera. Nada más poner su boca en mí, hizo tal presión con su lengua que literalmente vi estrellas explotando en mi cabeza. ¡Dios! Ángela mamaba realmente bien un coño. Yo estaba entre que me reía y gemía. Incluso vi que mamá arqueaba una ceja al ver la ferocidad con la que su otra hija se movía.
Cerré los ojos y los abrí cuando la muy pilla me mordió el clítoris. Me abrió más las piernas, tanto como lo permitía el espacio y deslizó su lengua por todo mi culo, incluso me tocó el anito con la puntita de su boca, lo cual me volvió loca de inmediato. Acto seguido me metió un dedo por ese estrecho agujero. Yo me corrí en ese punto, excitada más por la situación que por el placer.
Tomé a mi gemela de la cabeza para pegarla más a mi concha. Ella me penetraba con su lengua, tan profundo como podía permitirse hasta tocar con mi himen. Sorbió todos mis jugos y quería más la muy cabrona. Inmediatamente se fue contra mis tetas, mordiéndolas y succionando mis pezones con mucha fuerza a su vez que sus dedos me pellizcaban los labios vaginales. Mamá gemía fuertemente al ver a sus dos hermosa y tiernas hijas cogiendo como un par de lesbianas en celo. Papá no alcanzaba a ver, pero estaba disfrutando comiendo los pechos de su esposa.
—No tan duro… —le pedí a Ángela cuando vi que al separarse de mi pecho dejaba la marca de sus dientes. Acto seguido me besó con mucha pasión directo en la boca. Cubrió mis labios con los suyos y succionó mi lengua. Yo estaba a su merced, completamente sumisa e incapaz de moverme ante los instintos lésbicos de mi hermana.
—Cambiemos de posición —sugerí.
Ella estuvo de acuerdo y se recostó. Abrió sus piernas y me ofreció su hermoso coño. Rápidamente tomé el lugar que me correspondía y al probar los jugos de mi gemela que caían en abundancia, me encendí y chupé con celeridad. Mamá se había quedado quieta mientras papá la penetraba despacio. Nos miraba con un gesto de amor maternal, como orgullosa de que sus hijas al fin se relacionaran sexualmente. Después de todo lo había estado planeando así y nos educó sin tabues para eso.
Le sonreí con cariño y le di un beso en la boca con sabor a la vagina de Ángela. Ella lo degustó y luego me instó a seguir comiéndole el coño a mi adorada hermana gemela, que para esos momentos estaba en las nubes, pellizcándose los pezones y lamiendo la saliva que se le escurría de la boca.
—¿Qué decías de incesto, hija?
—Nada… no dije nada… —rió ella cuando le vino su correspondiente y bien merecido orgasmo.
Y esa fue la primera vez que Ángela aceptó que el sexo en familia le encantaba, y más si involucraba una vagina. Todos felices, todos unidos. Y todavía nos quedaba vacaciones.


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