Mi
madre fue por otra botella de vino, y en el tiempo que tardó, las
tres nos pusimos a charlar sobre lo que estaba pasando y si queríamos
ir más allá con esta especie de locura, porque eso era: ¡una
locura! Todas estábamos calientes, especialmente mi hermana gemela,
a la que le habíamos
metido todo el dildo por el coño. La inocente Estefy, con su piel
totalmente blanca, ahora estaba muy roja y sudaba un poco, de modo
que prendimos el aire acondicionado del cuarto. Lorena, tranquila
como siempre, no le veía lo malo a lo que estábamos haciendo. En
cuanto a mí… bueno, me costaba creer lo que sucedía, y en cierta
forma quería detenerme y a la vez no.
—Entonces
¿paramos o no? —pregunté finalmente.
—Yo
digo que llevemos esto hasta el final, o sea, hasta que tu papá y
hermano vuelvan —dijo Lorena.
—Yo
no tengo problemas en seguir jugando —manifestó Ángela, y Estefy,
bueno, como le estaba dando pequeños besitos al dildo como si fuera
su juguete, ya me sabía su respuesta.
—De
acuerdo, seguiremos, pero hay que decirle a mamá que lo que pase no
debe salir de aquí ¿de acuerdo?
Todas
aceptamos, e incluso entre nosotras tomamos la promesa de no contarle
a nadie más. Mi madre llegó un rato después con una nueva botella
de vino y tres copas más. Nos sirvió una a cada una y las tomamos
en pequeños sorbos. A Estefy, que no le iba mucho el alcohol, dejó
su bebida de lado.
—Y
bien —comenzó mi madre —¿seguimos jugando? ¿a quién le tocaba
girar?
—A
mí —se apresuró Ángela y giró la botella. Ésta vez le apuntó
a mamá.
—Reto.
—Creo
que a estas alturas no tiene caso preguntar —mencioné.
—Te
reto a… masturbar a Andrea.
La
cara se me encendió de sólo imaginarme a mi propia madre haciéndome
eso. Por otro lado, yo sí que estaba caliente y con la decisión de
continuar y que todo quedara en secreto, no me pude resistir. Mi mamá
se acomodó detrás de mí rápidamente y yo me deshice de mis shorts
y de mis tanga. Por si eso no fuera suficiente, ella me despojó del
camisón, de tal forma que en un dos por tres estaba totalmente
desnuda frente a ellas.
—De
acuerdo, aquí voy. No tengas pena, cariño, que soy tu madre.
—¿Pena?
¿quién dijo pena?
Me
dio un beso en el cuello. Sentí un delicioso escalofrío cuando su
lengua recorrió la piel de mi garganta. Poco a poco, su mano
izquierda empezó a descender de mi hombro, delineando mis pechos,
dirigiéndose al estómago hasta que finalmente llegó a mi estrecha
entrada. En el momento que sus dedos se abrieron paso entre mis
labios, dejé de ser su hija para convertirme en un mero ser que
estaba ardiendo por dentro. Ella comprobó mi virginidad y se
sorprendió. Todas, de hecho.
—Estás
muy mojada… mi hermosa nenita, qué caliente estás por dentro.
Sus
dedos se movían en círculos por todo mi coño. Yo cerré los ojos y
arqueé la espalda para atrás mientras ella aumentaba la velocidad.
Sin que pudiera hacer algo para detenerla, su boca cubrió la mía e
intercambiamos una serie de besos franceses tan ardiente que me sentí
en la puta gloria, y todo gracias a mi madre, que me estaba
masturbando.
—Listo,
listo —oí que decía Ángela y abrí los ojos. Estefy, con las
piernitas abiertas, se pasaba tiernamente el dildo entre su vagina,
como si contemplara la posibilidad de metérselo. Ángela y Lorena
miraban con una sonrisa coqueta justo entre mis piernas. Era raro ver
a Ángela, por cierto, que se parecía tanto a mí y con esa mirada
perversa, perdí todos los tapujos. Moví mi mano hasta agarrar la de
mi madre y le indiqué el ritmo que debería seguir.
—Ah…
mamita… —exclamé entre jadeos. Ella me besó una vez más, y la
punta de su lengua me recorrió los labios. Me masturbaba con más
velocidad, más intenso, de diferentes maneras y yo gemía y me
sentía en calma como una niñita en sus brazos, una niña muerta por
el placer de la mano de su mamá.
Tuve
un orgasmo delicioso.
—Eso
fue excitante —Estefy seguía sudando un poco pese al aire
acondicionado. Lorena y Ángela se estaban besando para cuando
terminamos. Ahora le tocaba a mi mamá girar. Iba a hacerlo cuando
sonó el teléfono y ella contestó. Se trataba de mi padre, que
avisaba para decirle que ya volvía con unas compras para hacer el
desayuno mañana.
—Tenemos
tiempo para un giro más. Veamos… Lorena. Te reto a… hacer lo que
quieras con Estefy porque la muy chica ya está como para agua para
chocolate.
—¿Lo
que quiera? Eso suena bien.
Sin
darle tiempo para que Estefy protestara, Lorena gateó hasta la
chica.
—¿Qué
me vas a hacer?
—Lo
que tú quieras, corazón. Sólo tienes que decírmelo. Estás
completamente desnuda así que tú mandas.
—Yo
quiero que… me comas las tetas.
—¿Cuales?
—¡Estúpida!
Todas
nos reímos porque a Estefy le caía mal que habláramos de sus
pequeñas curvas, en comparación a las nuestras, claro. Lorena le
dio un tierno besito en los labios y luego con mucha delicadeza tocó
los senos de mi joven hermana. Ella se acomodó con la espalda pegada
a la cama y dejó que la novia de su otra hermana deslizara sus
lengua por todo su busto.
Miré
a Ángela para ver su reacción. No sonreía, pero tampoco se veía
molesta. Simplemente era como si le diera igual ver a su novia
degustar las tetas de su hermana menor. Yo sentí la mano de mi mamá
sobre mi pierna, y a pesar de que no era reto para mí, abrí un
poquito los muslos para dejar que su mano se perdiera entre los
mojados pliegues de mi coño. Volvió a masturbarme con la misma
intensidad de antes, sólo que ésta vez no cerré los ojos, pues
quería ver a Lorena comprimiendo y estrujando las tetitas de Estefy.
No paraba con una y ya se iba a la otra. Mientras lo hacía, mi
hermana menor se estaba tratando de meter todo el dildo a la boca, lo
cual era difícil dado el tamaño.
Ángela
decidió actuar al fin y se acercó penosamente a Estefy.
Intercambiaron una mirada y en pocos segundos, la lengua de mi gemela
también se deslizaba por los pechos de la otra. La chica estaba en
la gloria, y abría sus piernitas hacia mí para mostrarme su rosada
y apretada rajita. En ese momento deseé ser un hombre para poder
penetrarla, y escuchar sus gemidos de dolor, puesto que para alguien
tan esbelta como ella, y virgen además, seguramente apretaría tanto
que me haría eyacular en un dos por tres.
De
repente oímos la puerta principal abrirse. Paramos en seco nuestra
fiestecita. Nos vestimos y salimos del cuarto como si nada hubiera
pasado, aunque estaba segura de que se habían formado nuevas
relaciones entre las mujeres de la casa, y no estaba equivocada en lo
absoluto.
A
la media noche ocurrió otra cosa, pues yo me desperté con muchísima
sed y fui a la cocina por un vaso con agua. Al regresar y volver a
acostarme, en mi cama ya estaba alguien más. Tuve que reprimir un
gritito de susto, pues con la oscuridad no lograba ver nada.
—Soy
yo —susurró Estefy —. No podía dormir, no después de lo que
pasó con la botella.
—¿Y
qué quieres que haga? Joder ¿estás desnuda?
—Sí.
Tener
a mi hermana menor desnuda en la misma cama que la mía era algo…
extraño y excitante a la vez. La piel de Estefy, o mejor dicho, toda
ella, estaba ardiendo como si tuviera fiebre, aunque yo sabía que
era de otro tipo. Tragué saliva cuando ella me montó. La verdad es
que nosotras nunca habíamos intimado como dos lesbianas. La
masturbaba y eso era todo, pero por la intensidad de sus labios
cuando me besó, supe que en ese momento mi adorada hermanita quería
algo más. Acaricié sus piernas y puse mis manos en sus caderas.
Dejé que su beso profundizara todo lo que ella quisiera, y
especialmente cuando su lengua y la mía entraron en un intercambio
delicioso de saliva.
—¿Pueden
hacer menos ruido? —preguntó Lorena, en la otra cama —. Intento
dormir.
—Lo
siento. Estefy, creo que deberíamos detenernos.
—Pero
yo quiero…
—He
dicho que pares. Ve a dormir. Yo también tengo sueño.
¿Quién
en su sano juicio deja a una chica tan caliente como Estefy? Pues al
parecer, yo. Estefy hizo un mohín. Me mordió un cachete y volvió a
su cama. Intenté volver a dormir, aunque fue imposible. Tenía
tantas cosas en la cabeza como lo que había sucedido con mi padre,
el incesto, Estefy. Era como si éste viaje nos estuviera ocasionando
algo a todos, permitiendo que aflorara el lado más ardiente de cada
quien.
Total
que no dormí. Ya era de madrugada, así que decidí salir y dar un
paseo por la arena antes de que el sol saliera completamente. Para mi
sorpresa, mi papá ya estaba en el patio, contemplando en su silla el
mar. Soplaba una fresca brisa que me alzó el camisón que llevaba,
aunque por suerte tenía puestas unas bonitas braguitas de encaje.
—¿Madrugando?
—le pregunté y le di un beso en la cabeza.
—Hola,
hija ¿qué haces a estas horas?
—Pensaba
en ver el amanecer. Oye, papá, sobre lo que ocurrió en el muelle…
—Espero
que no le hayas dicho a nadie. Mira… sé que estuvo mal, pero yo…
—No
estuvo mal, es sólo que fue algo intenso y me ha estado dando
vueltas en la cabeza. Ustedes nos criaron liberales, pero nadie
mencionó nada de que podríamos tener incluso esa clase de
intimidad.
—¿Qué
no Estefy y tú…?
—Sí,
pero somos hermanas. Tú eres mi padre.
—Ya
veo. Entonces… ¿te arrepientes?
—No
—me reí —. Fue… lindo.
—¿Lindo?
¡Jaja! Deberías decir que fue intenso. A mí también me gusto.
Chupas bien.
Que
tu papá te diga eso es extraño, aunque como hija, más extraño
todavía.
—¿Quieres
ir a ver el amanecer a otro sitio?
—¿A
dónde, papá?
—Sígueme.
Subimos
al coche. El camisón se me corrió un poco y mostró mucho mis
piernas. Mi padre lo notó y durante todo el trayecto, inocentemente
tenía sus manos sobre mis muslos y me acariciaba a penitas. Claro
que yo ya estaba oliendo sus intenciones y me reía disimuladamente.
Quise contarle que anoche mamá me dio la mejor masturbada de mi
vida, y que me sentí tan unida a ella porque era capaz de hacerme
sentir así de bien, y que también comenzaba a sentir algo diferente
por él.
Papá
me llevó hasta un sitio alejado y se estacionó cerca de una
palmera. Bajamos y caminamos tomados de la mano un poco antes de
detenernos en una playa tan tranquila y justo frente al sol, que ya
comenzaba a asomarse. Tendió una toalla y nos sentamos.
—Entonces
será un bello amanecer —dije, esperando a que él hiciera lo que
fuera que se estaba proponiendo.
No
sucedió así. Durante unos minutos nos la pasamos en silencio,
viendo como el sol salía por encima del horizonte.
—¿Vamos
a nadar un poco, hija?
—No
traje bañador.
—Pues…
podemos quitarnos la ropa —sugirió con mucha cautela. Yo me lo
pensé dos veces porque naturalmente mostraba un poco de resistencia
ante la idea de estar sin ropa frente a mi propio padre. Claro que…
no fue tanta, y al final, en el fondo, esperaba que sucediera algo.
—Está
bien.
Ni
bien decirlo, mi padre se quitó la camisa y sus shorts. Su gran
polla no estaba erecta, pero sí pude ver como se le inflaban las
venitas por la sangre. Yo me sonrojé y aparté la mirada. Me quité
el camisón y también las bragas. La brisa sopló y me enchinó la
piel. Volví la vista a mi papá y él, sonriente, movió las caderas
y su pene se balanceó graciosamente.
—Bueno,
vamos a mojarnos un poco.
—¿Y
si nos ven?
—Aquí
nadie viene. Tranquila, hija.
Tomados
de la mano caminamos hasta el agua, que estaba entre fría y
templada. Las olas a penas rompían contra la arena. Nos sumergimos
unos cuantos metros porque el nivel era bajo.
—¿Y
bien, Andrea? ¿qué se siente bañarte desnudo con tu padre?
—Pues…
raro, pero bien —dije con una tonta risa.
—Mira.
El sol ya está saliendo más rápido.
Permanecimos
uno junto al otro viendo como la mañana aparecía. Era tan hermoso y
a la vez un espectáculo lleno de romance. No supe en qué momento la
mano de mi papá, por debajo del agua, me tocó una nalga. Me reí y
le miré con cierta coquetería. Fue entonces de que me di cuenta de
que era un hombre muy atractivo, un maduro a toda regla, y no como
los tontos muchachitos que me pretendían en la escuela.
—¿Qué
andas tocando?
—Sólo
compruebo cómo has crecido.
Bien,
bien. Se sentía genial tener una mano grande tocándome el culo.
—Vamos
a la arena —sugerí, cuando una extraña fuerza me movió.
Tomados
de la mano regresamos a la playa y nos sentamos desnudos, puesto que
sería estúpido vestirnos.
—Te
la voy a mamar un poco pero no le digas a mamá ¿de acuerdo?
—Bien…
Nada
más decirlo, su polla empezó a ganar tamaño. Yo me arrodillé ante
mi propio padre, de tal forma que su pene quedó justo a la altura de
mi cabeza. Yo sabía que el frío hacía que el miembro de los
hombres cambiara un poco su tamaño, y aunque él pasaba por lo
mismo, lo cierto es que no había mucha diferencia. Me aclaré la
garganta, puse mis manos sobre mis piernitas y me aproximé
cuidadosamente al glande. Lo tanteé con la punta de la lengua, y
luego le fui dado pequeños besitos por todo el tronco hasta la base.
Lo tenía sólo para mí. Él era mi padre, el que me había dado la
vida y ahora yo iba a darle un poco de placer, y yo también gozaría.
Con mucho cuidado tomé su polla entre mis manos, abrí la boca y
empecé a mamar suavemente, procurando meterme todo lo que me
cupiera, remojándolo con mi saliva y sintiendo el sabor de la sal
del agua de mar. Era como comer un delicioso filete de carne con muy
buen sabor.
Chupé
despacio al inicio, y poco a poco fui subiendo la intensidad. Movía
mi cuello de adelante para atrás, de adelante para atrás. Sacaba su
miembro sólo para poder respirar e inmediatamente volvía a mi
trabajo. Con una mano jugaba con sus huevos, sopesando su peso,
pellizcándolos y cuando me cansaba de mamar, levantaba su pene y
lamía sus testículos que estaban sin un solo pelo. Que mi padre se
rasurara las bolas me gustaba porque podía apreciar toda esa zona en
plenitud.
—Ah…
espera, hagamos otra cosa.
—¿Qué?
—le pregunté.
Él
se recostó en la toalla, la polla apuntando al cielo.
—Ehm…
papá, por mucho que me guste mamártela, no voy a montarte.
—No
es eso. Dame tu culito.
—Ah,
bueno —me tranquilicé. Papá sólo quería comerme el coñito, tan
lindo él.
Me
acomodé con él en un 69, y cuando sus manos me abrieron las nalgas
y hundió su boca en mi vagina, me empecé a reír. Su barba me hacía
cosquillas. Qué feliz me sentía. Volví a mi trabajo, masturbándolo
y luego mamando y mamando. Para una mujer, tener un pene grande es un
reto, porque te lo quieres tragar todo y el cabrón no siempre se
deja. No sólo ocurre con los penes largos, también con los gruesos.
Mojé con saliva todo el glande y lo metí lo más profundo que pude.
En las porno veía que las actrices lo hacían con facilidad, pero yo
no pude, así que decidí chupar como una niña buena y no tratar de
romper records ni nada parecido.
—Es
bueno que seas virgen todavía —dijo mi padre, separándome más
las nalgas como si quisiera rompérmelas. Su barba puntiaguda le daba
una exquisita sensación a mi coño, y muchas cosquillas. Me nalgueó,
pellizcó y mordió. Mi pequeño clítoris estaba en la gloria, y
lubricaba tanto que me imaginé la boca de mi padre llena de mis
jugos.
Lo
masturbé con más fuerza y velocidad. ¡Dios! De verdad deseaba
montarlo y que me rompiera el culo. No sería una mala idea ¿verdad?
Iba a sugerirlo cuando, pero me daba un poquito de miedo. Por el
momento yo prefería sólo esto.
Mamé
durante un rato más. Pensaba en mi madre y en que se comía todo
esto, y la envidié. Por otro lado también pensé en Alec y en si
habría heredado estos atributos.
—Me
corro —dijo mi padre y chupó mi vagina con más fuerza que antes,
hundiendo su lengua todo lo que podía.
—Yo
también, papá.
Los
dos sabíamos qué hacer, y redoblamos esfuerzos. Sonará ridículo,
pero justo cuando yo sentía una descarga de placer allá abajo, mi
boca se llenó de semen caliente y dulce. ¡Qué manjar! La polla de
mi propio padre bombeando leche a mi garganta, criándome como una
niña pequeña de nuevo fue tan ardiente que no quería que se
terminara. Él eyaculó y eyaculó una deliciosa mezcla que al final,
cuando salió la última gota, me quedé con más ganas.
Su
polla empezó a perder el tamaño como era natural. Mamé unos
minutos más y luego me acomodé sobre él, para verle la cara.
—Te
adoro, hija.
—Y
yo a ti, papito.
Me
sentía como una niña de diez años junto a él. Lo amaba tanto,
tanto como una hija puede amar a su padre, y ahora estaba segura de
que quería volver a repetir con él muchas cosas. Le di un beso en
la boca, y luego le entregué mis senos para que él jugara con ellos
por un rato mientras yo veía el lindo amanecer.
Capítulo 6
Para
el medio día la tensión
sexual entre todos los miembros de la familia era palpable. Debido a
los calentones que nos dimos nosotras las mujeres por el juego de la
botella, Ángela y Lorena no habían salido de la habitación durante
horas. Si pegaba mi oreja a la puerta del cuarto, podía escuchar sus
murmullos, gemidos suaves y risas mientras tenían sexo. Ya que mis
padres no estaban porque habían salido a comprar algunas cosas al
centro del pueblo, ellas dos podían darse el lujo de revolcarse en
la cama sin que nadie les dijera nada.
El
pecho me latía desbocado de sólo imaginarme a mi gemela desnuda,
comiéndole el coño a Lorena, o chupándole las tetas como si no
hubiera un mañana. Estaba en eso, deleitándome con mis
imaginaciones, cuando alguien me tocó la espalda.
—¿Qué
haces? —preguntó Alec, pegando su cuerpo a mí y poniendo su boca
muy cerca de mi oreja.
—Estoy
oyendo cómo esas dos se divierten —susurré.
Las
manos de Alec se posaron en mis caderas y pegó la oreja a la puerta.
Los gemiditos de Ángela eran dulces y agudos. Nos moríamos por ver
lo que estaba sucediendo, pues el morbo era tal que no me hubiera
importando formar parte de su sesión. Incluso recordé cómo le
había perforado el coño a mi propia hermana, y eso sólo me calentó
un poco más, con una urgente necesidad de meter mi mano entre mis
piernas y tocarme para aliviar la tensión.
Por
lo visto mi hermano pensaba lo mismo, y se pegó un poco más a mí,
de tal forma que podía sentir su erección sobre mis nalgas. Como si
nada moví un poco mi trasero para incentivarlo a agrandar su polla,
y él se dio cuenta, así que nos miramos con una sonrisa pícara.
—¿Qué
crees que haces, traviesa?
—Sólo…
intento entrar en calor.
Aquello
podía derivar en algo más que simples coqueteos. Me di media
vuelta, despegando el oido de la puerta. Mi hermano me tomó de la
cintura y me atrajo hacia él. Yo le rodeé el cuello con los brazos
y me le pegué al cuerpo. Ya que él era un poco más alto que yo, mi
boca quedaba justo a la altura de su pecho y le di unos besos allí.
Sus manos bajaron hasta mis caderas y continuaron un poco más hasta
apretarme el culo con mucha fuerza, tanteando la carne y después,
recorriendo mi cuello con besos.
Él
era mi hermano, el hombre que adoraba y que me hacía sentir como una
niña. Me encontraba tan excitada que fue difícil no resistirme al
impulso de meter mi mano entre sus pantalones y tocar su pene, que
para esos momentos ya palpitaba y hervía por la sangre acumulada. No
pensé en nada en ese momento, como si no pudiera contenerme porque
me encontraba tan caliente que me hubiera follado a mi hermano en ese
momento.
Claro
que las cosas no pudieron seguir así. Mis padres llegaron justo en
medio del faje y nos tuvimos que separar de inmediato y sin decir
nada. Él se fue a su cuarto y yo me quedé en el corredor, excitada
y mojada por culpa de mi hermanito.
Más
tarde él y mi padre se fueron a nadar. Mi mamá decidió tomarse una
siesta. Ángela y su novia seguían en la habitación, así que sólo
estábamos Estefy y yo, solas en el cuarto. Ella en su laptop y yo
mirando una revisa de modas.
—¡Andrea!
¡Mira! —exclamó, señalando su pantalla —. Estuve investigando
un poco de éste lugar y dice que hay una playa nudista muy cerca de
aquí.
—¿Nudista?
Eso suena bien —miré el mapa. No quedaba muy lejos. Podríamos ir
si nos lo propusiéramos, y tal como estaba la mirada de mi
hermanita, supuse que en eso estaba pensando —¿Estás segura de
que te puedes desnudar frente a otras personas?
—Claro.
¡Vamos! Sólo nosotras. Tomamos el autobús y ya. Volveremos en unas
horas.
—Es
que… no sé. A mí no me da eso de andar desnuda frente a
desconocidos. Tú eres la rarita a la que le gusta exhibirse.
—No
seas mojigata. Anda, vamos.
No
tardó mucho en convencerme. Yo adoraba a mi hermana menor, así que
dije ¿por qué no?
Apurada
por ella, empaqué un poco de bloqueador solar, toallas y otras cosas
para la pequeña excursión que íbamos a hacer.
Le
dejamos una nota a nuestra madre y tomamos el autobús en el paradero
de la esquina. Estefy iba muy guapa, con una minifalda de cuadros y
un top. Era una diva andante y envidiaba su belleza exótica, tierna
y casi infantil e inocente, como de quien no rompe un plato. Crucé
un brazo alrededor de su cuello y le dejé un besito de pico en sus
labios. Unos chicos que estaban en el asiento frente a nosotros nos
miraron y se rieron con expresiones alucinadas por lo que veían. Le
estaban echando el ojo a Estefy.
Llegamos
a la playa, y tuvimos que andar por un camino de tierra e internarnos
un poco entre la maleza. El campo nudista estaba justo frente a
nosotros, y era espectacular. No se veía una sola persona vestida.
Incluso las familias y sus hijos andaban sin nada. Estefy sonrió,
victoriosa, y antes de poder decirle nada, se desabrochó la falda,
se quitó su tanguita, su top y su sujetador. Metió todo a la bolsa.
—¿Qué
esperas? ¿vamos a nadar, Andrea?
—Bueno…
ya voy, sí.
Penosa,
me bajé los shorts y la camiseta. No llevaba nada más, así que
quedé desnuda en un dos por tres. Miré el cuerpecito de mi hermana,
tan virginal que casi quería que se conservara así, con sus labios
vaginales todavía apretaditos y su coñito depilado. Sus tetas, que
no eran más grandes que las mías, estaban firmes, con sus pezones
un poquito tiesos por la emoción. Nos tomamos de la mano y bajamos
por la pequeña duna hasta la playa. Yo esperaba que las miradas se
posaran en nosotras, pero no era así. Creo que la gente ya había
perdido la curiosidad, porque todos estaban desnudos. Hasta los
ancianos, lo cual no era un espectáculo muy agradable a mis ojos.
Por
un lado vi a una pareja de adultos, tendidos en la arena. La mujer,
despreocupada, le masajeaba las bolas a su esposo mientras
platicaban. Unas niñas corrían por ahí haciendo castillos de
arena, un negro se paseaba por la orilla, con su inmensa polla
meciéndose. Dos chicas se estaban dando cariñitos untándose
bloqueador, y muchas otras personas tomaban el sol o se daban
chapuzones.
Estefy,
que tenía una manía por observar a los demás, estaba en el cielo,
y lo podía ver por su sonrisa de oreja a oreja mientras miraba a
todos sin excepción. Sacó su toalla de la bolsa y se recostó a la
orilla de la playa, con las piernitas algo separadas y se puso sus
lentes de sol.
—Todos
te están viendo el coño, hermanita.
—De
eso se trata.
Me
recosté junto a ella para tomar el sol. Vi que algunos hombres
pasaban y le lanzaban miradas lujuriosas a mi hermana, y a mí
también, lo cual sólo me incomodaba un poco más, pero con el pasar
del tiempo me sentí menos apenada, por lo que también separé un
poco mis piernas para que toda mi piel se bronceara. Me puse un poco
de protector solar en las tetas y las piernas. Estefy había ido a
dar una vuelta, a ver los cuerpos de los demás, porque de eso se
trataba una playa nudista, de observar el cuerpo humano en su estado
natural.
—Hay
una pareja cogiendo, ven a ver.
—¿De
verdad?
Seguí
a Estefy a un sitio un poco más alejado, entre unas piedras.
Efectivamente vimos, escondidos de los demás, a dos novios que
follaban. Ella sobre él cabalgaba su polla, y lo mejor de todo es
que estaban practicando sexo anal. El ojete de esa mujer debería de
estar muy flexible porque el pene del hombre entraba y salía con
mucha facilidad. Sus gemidos se escuchaban casi al mismo nivel que la
de las olas rompiendo en la orilla.
Mi
hermanita estaba alucinada, y noté que tenía una mano entre sus
piernitas. Yo también estaba excitada viendo como esa polla se
hundía en el culo de esa mujer. El sexo anal era maravilloso. Yo era
casi adicta a él, puesto que todavía era virgen. Entregar mi vagina
era un regalo para el elegido, pero el resto de mis agujeritos no
importaban.
—Auch
—dijo Estefy —. Me intenté meter un dedo por el culo y me dolió.
—Mensa.
Tienes que lubricarte.
Me
miró coqueta.
—¿Me
enseñas?
—¿Qué?
—me sonrojé —¿aquí?
—Sí.
¿por qué no?
Sin
decir más, Estefy se puso en cuatro y me ofreció una vista
panorámica de su trasero. Incluso se abrió las nalgas,
permitiéndome ver sus labios estrechos y su anito rosado. Toda mi
hermana era un precioso angel, una princesita sexual. Bastó esa
imagen de ella para que me calentara a más no poder, y desviando la
mirada de la pareja que cogía, me dediqué a darle placer a Estefy.
Primero
le separé mucho las nalgas, y dejé escapar una gotita de saliva
sobre su culito. Luego, lentamente, dándole un beso en sus pompas,
deslicé mi dedo anular en su agujerito. Estefy se estremeció.
—¿Nunca
habías hecho sexo anal?
—Nunca…
—Entonces
te va a doler.
—No
importa. Sigue, hermana.
La
pequeña recargó su peso en la arena. Yo escupí un poco más y
comencé a meter mi dedo más profundo en su culo. Por dentro, ella
ardía. Se sentía tan bien para ella y para mí. Aunque se quejaba
de dolor, al poco rato ya estaba encantada, e incluso movía sus
caderitas para que mi dedo entrara y saliera con mayor facilidad.
Escupí más y más sobre su anito hasta que quedó tan lubricado que
pude meterle dos dedos. Su vaginita emanaba gotitas de flujo, que yo
me apresuré a recoger con mi lengua. Sabían tan bien, dulces y
salados al mismo tiempo.
Estábamos
en eso cuando dos chicos aparecieron, y también venían desnudos,
con sus pollas semi erectas. Yo me asusté un poco y me quedé
quieta, con mis dos dedos dentro del culo de mi hermanita.
—Perdón
—se disculparon ellos, visiblemente apenados —. No queríamos
ver, adiós.
—Esperen
—dijo Estefy —. Quédense. Tienen que mirarme.
—¡Estefy!
¿qué crees que haces? —le reclamé.
—Son
mis gustos. Tú sigue. Deja que miren. Es excitante, ya verás
—aseguró con una sonrisa.
Yo
no estaba muy de acuerdo con que me miraran desconocidos, aunque por
otro lado los chicos sí que se acercaron y se sentaron en las rocas.
—Entonces…
sólo mirar.
Volví
a lo mío, un poco menos excitada por tener público desconocido.
Estefy estaba encantada con ellos, y sonreía mientras conversaba con
total naturalidad. Le contó que somos hermanas, y que estábamos
aquí admirando el paisaje y divirtiéndonos. Poco a poco los dos
chicos empezaron a interesarse más por mi hermanita que por lo que
yo hacía, aunque sus pollas comenzaban a ponerse más grandes. La
del moreno, sin duda, era la mejor, gruesa y no tan larga. Justo como
a mí me gustaban. Las de su amigo era menos gruesa pero más larga,
con un gran glande rosado. Los dos tenían enormes huevos que les
colgaban lampiños.
—Entonces…
¿quieren participar? —les dijo Estefy. Saqué mis dedos de ella.
—Oye,
no les digas eso.
Se
me acercó al oído.
—Por
favor, deja que me la metan por el culo.
—Estefy…
—Tú
dijiste que debía probar cosas nuevas. Anda, vamos. Tengo muchas
ganas. Por favor, por favor, por favor.
Oír
a mi propia hermana menor rogarme para que le dejara hacer sexo anal
era raro, y cómico a la vez. Puse los ojos en blanco y luego miré
las pollas de los tipos, que estaban listas para la acción. Los muy
cabrones hasta se estaban masturbando lentamente mientras conversaban
entre sí.
—Oigan
—les hablé —. Éste es el trato. Pueden hacerle sexo anal a mi
hermanita, pero sólo eso ¿sí?
—De
acuerdo —rieron los dos.
Estefy,
la muy putita, me guiñó un ojo y se puso como una perrita a cuatro
patas. El tipo de la polla más larga se le acercó por detrás, le
separó las nalgas y de un tirón le deslizó el miembro por el ano a
mi hermana. Ella gritó de dolor y yo me asusté.
—¡Ten
más cuidado, imbécil!
—Estoy
bien —rió Estefy —. Deja que yo me mueva.
El
muchacho se quedó quieto y fue ella quien comenzó a ir de adelante
para atrás, marcando su ritmo. Yo me quedé a un lado mirando cómo
él perforaba a mi hermana, que empezaba a gemir ya como una putita
en celo. Su vocecita tierna emitía ricos gemidos que incluso a mí
comenzaban a excitarme.
El
otro muchacho, de la polla gruesa, se arrodilló y acercó su miembro
a la boquita de la chica, que no perdió tiempo y empezó a mamar
como si fuera su biberón. En cierta forma, ver a Estefy con sus
ojitos cerrados de placer, comiéndose ese pedazo de carne que a
penas le entraba, resultó ser demasiado excitante para mí. Me tumbé
a un lado y abrí mis piernas. Deseé no ser virgen para poder
meterme los dedos hasta el fondo. Tuve que consolarme, mirando
fijamente a mi hermana, recordando cómo era de niña, dulce,
carismática, divertida y risueña jugando con sus muñequitas y sus
tacitas de té.
Y
ahora esa misma niña, convertida en una joven mujer, estaba
recibiendo polla por ambos extremos. ¡Y lo gozaba! El de atrás
empujaba con su pene y hacía que la verga de su compañero se
hundiera más en la boca de Estefy. Ella se la sacaba para tomar aire
y poco después volvía a lo suyo.
Así
nos la pasamos un rato, con sus gemidos volviéndome loca. En un
momento determinado el tipo preguntó:
—¿Me
puedo correr dentro de tu culo, amor?
—Sí…
¡ah! ¡hazlo!
Comenzó
a taladrarla con más velocidad. Su cara se puso roja. Estefy soltó
la otra polla y empezó a gemir con más fuerza. Luego el hombre se
quedó inmóvil, con los ojos en blanco y las manos en las nalgas de
la chica. Su polla bombeaba semen al interior de mi hermanita dulce y
preciosa.
Luego
la sacó. En ese momento gotitas de leche caían del culito de
Estefy.
—Eso…
fue genial.
—Me
toca a mí —dijo el otro hombre.
—No…
suficiente. Me duele bastante —dijo Estefy y se sentó a mi lado,
la respiración agitada y la cara rojita.
El
otro muchacho que se había quedado con la polla parada no buscaba
como parar su erección.
—Ven
—le dije, y él sonriendo como todo un galán, se acercó. Gateé
hasta él, me arrodillé y me metí la glande a la boca.
Desde
que lo vi me había atraído un poco, así que mamé con entusiasmo,
los ojitos cerrados y saboreando esa sensación de que no me lo podía
comer del todo por su tamaño. Él me sujetó del pelo y empezó a
marcar el ritmo. Me dejé controlar y luego bajé hasta sus huevos.
Me encantan los testículos muy grandes, mientras más mejor, y los
de éste hombre eran de muy buen tamaño, viriles y calientes.
De
repente sentí que otra lengua paseaba junto a la mía. Era Estefy.
La muy cabrona trataba de robarme el aperitivo, y por un momento
competimos por ver quien se metía el pene a la boca. De nuevo
parecíamos dos niñas jugando y tratando de ganar un helado. Nos
reímos, divertidas y luego me rendí. Estefy mamó la verga y yo los
testículos del hombre. El amigo de éste, viendo lo excitados que
estábamos, empezó a pajearse mientras me tocaba el culo y trataba
de meterme los dedos por la vagina. Le dije que yo era virgen, así
que ni lo intentara.
Mi
hermanita y yo chupamos la verga de ese hombre durante un buen rato,
hasta que sin previo aviso, el tipo eyaculó sobre nuestras caras.
Nosotras nos quedamos abrazaditas, mejilla con mejilla mientras una
descarga de leche caliente nos caía en la cara. Estefy la saboreaba
al momento y yo también, pues se resbalaba por nuestro cuello,
pegajoso y dulce.
—¿Y
bien? —le dije a mi adorada hermana mientras le limpiaba con mi
lengua un poco de semen en sus labios —.¿te gustó?
—Tenemos
que volver a hacerlo —dijo sonriendo, y me abrazó muy fuerte,
pegando su cuerpecito sudado y enlechado con el mío.
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